
Alienado estoy. Nefastos son los días previos. Te haré delirar infinitamente. Obtendré los objetivos. Nada me detendrá. Exornemos aunque me cueste. La historia recién comienza. Listo, acá me tenés. ¡Aticemos el fuego!


Estaciono y desciendo. Al abandonar el auto, la luz del día me ciega, cómo si nunca hubiese estado ante la presencia de un escenario como éste y mis ojos no conocieran el verdadero sol, el que no filtran los humos de la ciudad. Cubriendo mis ojos con unos anteojos de sol y una de mis manos, avanzo.
Un gran amigo el año pasado ofreció musicalizar su hogar con algún que otro recital de los tantos que tiene en su videoteca. Arbitrariamente y con casi total desconocimiento de la banda, le dije "poné el de Pink Floyd". Era ni más ni menos que el P∙U∙L∙S∙E. La idea de "musicalizar" murió tras los primeros instantes de ver lo que estaba sientiendo. Porque Pink Floyd no se ve ni mucho menos se escucha, Pink Floyd se siente y es un sentimiento tan pero tan puro que va más allá de cualquier cosa y que más de una vez me ha hecho lagrimear de felicidad, de emoción.